24 de julio de 2011

Rebelde sin consecuencia


Yo me considero un rebelde, pero de los moderaditos. Por ejemplo, digamos que me la traen floja las reglas que me impone la sociedad pero las sigo cumpliendo. Eso sí, irónicamente. Si mis padres me dicen que tengo que fregar lo haré, sí, pero con un afilado sarcasmo que no pasará desapercibido. Si decido ponerme a ver High School Musical mientras coreo las canciones, saltando en el sofá y llorando por lo guapo que es Zac Efron, mi dura crítica contra el sistema será palpable en cada una de mis lágrimas. Porque soy un malote, el mundo me ha hecho así.

O como ahora, que resulta que tras varias semanas me acuerdo de que tengo aquí un blog olvidado, ¿en serio creéis que vuelvo a actualizarlo por que quiero agradar a alguien, porque me interesa entretener a una panda de desconocidos por unos minutos sin importancia? Pues estáis en lo cierto, pero sigo haciéndolo irónicamente, que conste.
Y, si a causa de todo esto, acudís a mí para que os enseñe este desenfadado modo de vida que llevo, yo lo haré con mucho gusto, pero, ah, irónicamente, lo que quiere decir que estáis muy por debajo mía, porque de aquí al final de la entrada seré vuestro mentor, vuestro maestro, y vosotros mis humildes y siempre arrastrados siervos, ¿queda claro? (pero oye, de buen rollo).

Bien, por si hay algún lentito en la sala que aún no se ha enterado, está claro que el punto esencial de ser un rebelde es la ironía, eso que siempre te hará estar por encima, hagas lo que hagas, porque puedes estar lamiéndole el culo a alguien, pero si lo haces irónicamente, le estás lamiendo el culo a alguien irónicamente y entonces la cosa cambia, ¿me explico? ¿veis qué fácil es?
Esto vale en cualquier situación: "sí, te pido trabajo, pero irónicamente."; "estudio para este examen, pero irónicamente"; "¿no se da cuenta, señor, lo sarcástico que estoy siendo mientras usted me viola?"
Con esta actitud, tenéis todas las de ganar, pero no nos confiemos.

Otro de los rasgos característicos que ha definido el concepto de rebeldía a lo largo de los años es la negación automática, es decir, dos simples letras, preferiblemente unidas en una palabra, que os darán una imagen de tipo duro el primer instante tras pronunciarlas: NO. Durante vuestra vida os habrán dicho muchas veces que hay que saber decir que no, no a las drogas, no a la violencia, no a las chanclas con calcetines, pero esto es distinto. Como rebeldes, debéis negarlo TODO. Si os ofrecen el último pedazo de tarta, la respuesta es NO, no importa cuánto lo deseéis. Si os preguntan si sois rebeldes, la respuesta es NO (tranquilos, vosotros y yo sabemos que lo sois). Incluso negad la negación en sí, aunque caigáis en una paradoja sin final que os acabe por volver locos. De esta manera, os convertiréis en unos continuos inconformistas con el sistema, sea cual sea éste.

Pero no todo es negación. Nosotros, los rebeldes (bueno, yo, a ver si os vais a creer que estáis a mi altura ya), no sólo nos dedicamos a quejarnos. Un rebelde, recordad esto, siempre debe innovar, debe ser distinto a los demás, debe mostrar una imagen que los plebeyos quieran imitar, una alternativa que acompañe siempre a esa negación. Cuidado, ser distinto no quiere decir poner gotelé en la mampara de la ducha. No, más, mucho más, ten en cuenta que en el mundo hay actualmente casi 7.000 millones de habitantes, y tú tienes que ser diferente a todos ellos.
¿Qué recomiendo para lograr este propósito? Es muy simple: debes ser totalmente espontáneo. Con pequeños gestos inesperados, reconducirás tu monótona y rutinaria vida por nuevos y apasionantes senderos, alejada de la molesta multitud mediocre. Para ayudaros en este apartado, hagamos un ejercicio. Supongo que estaréis leyendo esto acomodados en vuestro escritorio, tumbados en vuestra cama o sentados en la taza del váter. En los dos primeros casos (en el tercero, prefiero esperar unos minutos para poder incluiros en los casos anteriores), quiero que, ahora mismo, os giréis hacia la ventana de la habitación y, sin pensároslo dos veces, atraveséis el cristal de un salto. ¿Ya? Si seguís vivos, felicidades, ya sois, al menos, más rebeldes que los nenazas que no han saltado por vivir en un ático, es un comienzo.
El resto ya es cosa vuestra. Continuad metiendo dedos en enchufes, apuñalando a extraños por la calle o escuchando a Shakira, y poco a poco os convertiréis en unos perfectos y espontáneos rebeldes.

Eso sí, no acepto ninguna responsabilidad por las cosas que hagáis siguiendo estos consejos. Al fin y al cabo, los escribo irónicamente.






14 de junio de 2011

Comedias románticas o cómo vomitar purpurina


Hoy, por desgracia, no os escribo como mera diversión, así como no pretendo que os divirtáis. Esto es serio, borrar esa estúpida sonrisa que asumo que estaréis poniendo (y a los que no, menudos amargados, ¿no? que reír es gratis, hombre) y escuchad atentamente, porque de ello depende vuestra supervivencia y la mía.

Iré paso a paso para no abrumaros. Mi advertencia va dirigida principalmente a las chicas, especialmente a aquellas demasiado centradas en su trabajo, obsesionadas con un ascenso, siempre colgando del móvil, que comen en el mcdonalds más cercano a la oficina, y que se acuestan a las nueve con un antifaz de volantes rosas. Bien, guapas, seguid así. En serio, vuestra vida puede ser algo desesperante, aburrida, pero de esa manera estaréis fuera de peligro, podréis seguir sentándoos cada tarde a ver el telediario local (o lo que aquí llamamos Madrid Directo), comiendo helado del bote y hablando con vuestros gatos.
Ahora bien, nunca, NUNCA, pronunciéis la frase "estoy demasiado ocupada como para salir con alguien ahora." Estaréis cavando vuestra propia tumba. Así que si, en alguna conversación con esa amiga pizpireta con la que compites por el puesto de asistente del jefe en la oficina sale el tema, desvíalo por completo. Con un simple "me importa una mierda, puta", bastará.

Aún así, no es suficiente. Estad siempre alerta, porque el día que os despierte una música animada, demasiado alegre para la mierda de vida que lleváis, y que no provenga de vuestro despertador, ya será demasiado tarde: estaréis dentro de una comedia romántica.

Cuando esto ocurra, que no cunda el pánico. No intentéis apagar esa música, la ponen en post-producción, es inevitable. Esperad a que la canción acabe sentadas en el borde de la cama. Cuando pare, volveos a meter en ella y dormid. En serio, ya sé que tenéis que ir al trabajo, y que si llegáis cinco minutos tarde esa zorra de Jillian os quitará el puesto, pero ningún ascenso es más importante que vuestra supervivencia. Recordad, ya que no podéis salir de ella, debéis intentar por todos los medios acabar la película tal y como la empezasteis.

Si es que todavía os lo tomáis a broma y habéis sido tan imbéciles de ir a la oficina, os aconsejo que, al menos, cerréis a cal y canto la puerta de vuestro despacho. A quienquiera que llame a él para algo que no se pueda resolver vía messenger, decidle que os estáis masturbando y que va para largo. Es absolutamente primordial que no establezcáis contacto con ningún otro ser humano (de todas maneras, no os resultará muy difícil, así era vuestra vida antes, ¿no?).
Porque, al más mínimo descuido, os encontraréis cara a cara con un atractivo joven sonriente, desenfadado, con la chaqueta del traje abierta y los abdominales destacando tras la camisa. Os entregará no sé cuántos archivos de parte de no se quién, pero no se acabará ahí la cosa. Se quedará mirando, interesado, cómo los guardáis apresuradamente en un cajón y volvéis al trabajo. Obviamente, sólo se interesará si sois mínimamente guapas. Las feas no tienen cabida en estas películas, lo siento. Fuera. A otro blog, que me espantáis a los lectores. ¡Shuuss, shusss!

En fin, él os dirá algo como "¿cuándo fue la última vez que saliste a divertirte un rato?", o alguna otra frase del mismo número de palabras que su coeficiente intelectual. Vale, aquí lo tenéis difícil. Sed frías, mirad a otro lado o imitad a vuestros gatos y bufarle a cada cosa que comente. O el extremo contrario, follároslo ahí mismo y a otra cosa. Recordad, estáis muy ocupadas como para salir con alguien. Pero, por encima de todo, no os sonrojéis. Porque eso él lo tomará como una señal de que os queda algo de sangre en las venas y os invitará a tomar algo.
El resto, caerá como las piezas del dominó. Saldréis esa misma noche, y en nada estarás por los suelos riéndote como una histérica, porque claro, él habrá puesto algo en tu bebida. Esto en las películas no sale, pero hay que ser listo y mirar las escenas inéditas en los extras del DVD. Por supuesto, te llevará a tu casa a acostarte (sabe donde vives, sí, viene todo en el guión. Perdón, guion. Maldita RAE), y despertarás al día siguiente muy avergonzada y enfadada contigo misma. Y con razón. Te lo encontrarás haciéndose el desayuno en tu cocina. Deberías echarle, pero te pueden sus encantadores ojos azules. Y claro, para una vez que alguien da uso a esa cocina...

No intentes arreglarlo haciendo como si nada hubiera pasado. Si lo haces, darás lugar a una serie de gags presuntamente divertidos, en los que él te gastará bromas pesadas en la oficina para llamar tu atención, mientras tú resoplas e intentas esconder las sonrisitas nerviosas. Tonta, que eres tonta.
Pronto, te darás cuenta de que le quieres. Sí, has hablado dos veces con él y hasta el día anterior le odiabas, pero resulta que le quieres. Renunciarás a tu trabajo, venderás el piso, matarás a los gatos (esto también en las escenas inéditas) y te mudarás con él a una casa en la costa, donde viviréis tranquilos, sin preocupaciones, y EN EL PARO, por imbéciles.

Y ya está. Por mucho que te haya intentado ayudar, me has desobedecido, y ahora eres feliz. ¿Te das cuenta lo que has conseguido?
Si eres Sandra Bullock, te perdono. De todas maneras, estás condenada a hundirte en esas películas desde que naciste.

7 de junio de 2011

La edad del pavo


Resulta que, una vez al año, se cumple un año más desde que nací. Ante tan magnífica y sorprendente coincidencia, que, magnifica y sorprendentemente, se repite cada año, ¿qué puedo hacer, aparte de sentirme impotente y, por qué no, un año más viejo, aparte de gritarles a todo el mundo que dejen los regalos en la puerta, que se vayan a tomar por culo, y quedarme comiendo tarta hasta las seis de la mañana mientras me indigno por lo fáciles que son los pasatiempos de los call tv?

Supongo que nunca he llevado bien lo de cumplir años. Sí, ya sé, nadie lo lleva bien, y es más que normal el encontrarse a un pobre cuarentón intentando convencer a su señora para salir "de fiesta tope chachi, a mover el esqueleto", mientras finge que es lo suficientemente joven como para no dislocarse la cadera. Pero es que yo este año he soplado mi decimooctava vela. Se supone que estoy en la flor de la vida (aunque yo diría que estoy tumbado sobre mi cama) y que debería irme a "mover el esqueleto" sin pensar en las consecuencias, como todo buen joven inocente y alocado de mi edad.

Pero creo que, por algún trauma de mi infancia o por alguna pastilla de más que se tomara mi madre estando embarazada, yo sigo siendo un mocoso de no más de 13 años, de los que aguantan hasta las 11 sin dormir para al día siguiente contárselo a sus amigos; de los que dan un sorbo a la cerveza de los padres y ponen cara de "yo esto lo hago a diario" mientras aguantan la bilis en la boca; o de los que miran desde la otra punta de la clase a los pechos de esa chica, que más que pechos parecen aún esos pezones colgantes de los obesos.

En definitiva, que por mucho que sople velas, el pavo no hay quien me lo quite. Y es que es una de esas cosas que pueden no aparecer o pueden aparecer y seguirte toda la vida, y en mi caso, voy tirando a lo segundo. Al contrario de lo que piensan muchos de los padres, los adolescentes sí que sabemos (porque, por supuesto, aún me considero uno) lo tontos que nos ponemos. Quiero decir, somos muy conscientes de esas risillas de imbécil que nos salen cuando la tía buena del instituto nos pide un boli. Y es que no hay frase que más me haya repetido estos años que "bonita reacción, retrasado, la tienes en el bote".

Así, estamos condenados a ponernos en ridículo, aunque nos esforcemos en evitarlo. Sin embargo, una cosa que sí he ido ganando con el paso de los años, y que no poseen esos mocosos de 13 años, es experiencia en el campo del flirteo con féminas pre, pos o adolescentes a secas. No me malinterpretéis, no estoy insinuando que haya sido un Don Juan. Para empezar, porque me llamo Guillermo, que es de cajón, hombre. Pero, aunque sea mediante la observación de los movimientos del Juanillo de turno de clase, creo que puedo establecer una serie de actuaciones estándar, que, sin lugar a dudas, cabe la posibilidad de que funcionen. Sin lugar a dudas. Puede. Tú prueba y ya me dirás.

1. En primer lugar, la imagen. Si hay algún padre leyendo esto, no sé qué hace aquí, pero que se encargue de educar a su hijo en el apasionante mundo de la moda desde jovencito. Sí, puede resultar duro gritarle a un niño de siete años "pero, inútil, ¿no ves que esos colores no conjuntan?" pero él acabará agradeciéndolo. Admitámoslo, es obvio que ninguna chica se le acercará en un futuro si lleva camiseta azul con calcetines verdes.

2. Una vez lograda una primera impresión que no provoque arcadas, hay que trabajar la actitud. Por experiencia sé que es difícil controlar esas caras de empanado autista que nos salen cuando pasa una tía apetecible por delante, pero hay que hacer un esfuerzo. Así, si por la gracia de Dios o por pura gilipollez ella se atreve a dirigirte la palabra, bajo ningún concepto la mires. Respóndela sin interés por encima del hombro y gírate hacia el primer amigo que veas a tu lado, conversa con él y haz ver que es él el que tiene toda tu atención. Una de dos, o ella se sentirá celosa o pensará que eres gay. Míralo por el lado bueno, al menos ya sabe que existes.

3. Si has hecho bien los pasos 1 y 2, significa que estás listo para la difícil tarea de mantener una conversación. Tranquilo, hay muchas probabilidades de que no tengas más que responder con monosílabos, a cuestiones no muy complicadas como "¿me estás siguiendo?" o "¡mis ojos están aquí!" Pero, en el improbable caso de que te pregunte algo, ten preparada tu respuesta de antemano. Nada de improvisar, o acabarás hablándole de que aún besas a tu madre en la boca o de lo mucho que caga tu hámster últimamente.

4. Uauh, ¿ya estás aquí? Me has sorprendido, bravo. Pero aún no está todo el pescado vendido, quedan esos boquerones con olor a muerto que tendrás que encasquetar a algún cliente despistado. Ahora tocaría pedirla salir, pero asumo que, si estás leyendo esto, buscas alguna manera de evitar el mal trago. Vale, pasando por alto tu insolente exigencia, propongo lo siguiente: averigua dónde vive. Es fácil, simplemente, síguela al salir de clase; dedícate a llamarla al telefonillo cada cinco minutos, para que vea lo atento que eres. Eso sí, cuando pregunte quién es, no hables, a ver si vas a meter la pata; si puedes, déjala cartas en el buzón con pelos tuyos (no tienen por qué ser de la cabeza), y así te aseguras de que va a pensar en ti; y recuerda, orden de alejamiento significa que te quiere.

5. Para este momento, ya deberías tenerla en tus brazos. Si no es así, sólo te queda una opción: finge tu muerte. Tropiézate a la entrada de clase y ten "un paro cardíaco" (es fácil, tío, sólo tienes que hacer que tu corazón deje de latir). Ella se arrodillará llorando a tu lado, gritará todo lo que te quería y se lamentará porque no te lo pudo decir. Ese es el momento para que "revivas" repentinamente y le des la alegría del siglo. Y ya es tuya.


Eso es más o menos todo, aunque no te prives de probar tú tus propias estrategias. Y, si hay alguna chica que haya logrado leer esto hasta el final: por favor, decirnos dónde vivís directamente, y así salimos ganando todos, ¿no?


7 de septiembre de 2010

Nadar en mares pequeños


Uno de los aspectos más irritantes de esta estación, junto con el agobiante calor o la programación cansina de las cadenas televisivas, es la inmensa oleada de los llamados "éxitos del verano", o, lo que es lo mismo, esos amagos de canciones que se componen una mañana de resaca en la servilleta del bar de la esquina, que son escuchadas hasta hartarse durante los tres meses, pero que, por arte de magia, son olvidadas (y menos mal) a principios de septiembre.
Parecemos condenados, pues, a pasar todos los veranos soportando las mismas melodías, en la radio, en el móvil de alguno del metro que haya olvidado que le puede poner cascos, o en la charanga de las fiestas del pueblo. En esos casos, lo único que se puede hacer es forzar una sonrisa para disimular que te estás cagando en todo y concentrarte en intentar taponar tus orejas por dentro. Entonces, es cuando te das cuenta de que tu boca te ha traicionado y está tarareando dicha canción. Ah, sí, porque te la sabes, y eso no lo puedes negar. Estos últimos meses, ¿quién no se ha descubierto a sí mismo cantando el "Waka Waka" ese a grito pelado sin siquiera percatarse de que lo está haciendo?

Así, es comprensible que uno vea la desaparición de estas canciones como una de las pocas ventajas del inicio del curso. Septiembre nos brinda la oportunidad de volver
a escuchar esa música que tanto gusta a todos, trabajada, culta, que perdura en nuestras mentes hasta el final de nuestras vidas.
Quien no haya emitido un sonoro "¡JA!", que deje de leer ahora.
Aunque existen algunas excepciones, las canciones continuarán siendo igual de cutres, con la única diferencia de que podrán ser esquivadas mucho más fácilmente que las del verano. Si me centro en la música española, la palabra "cutre" se queda muy corta. Hace tiempo que nos abandonamos a las canciones que repiten cuatro acordes uno detrás de otro, cuya letra no es más que una recopilación de profundas metáforas sin sentido. Puede que esté exagerando, pero hacedme caso y paraos a pensar un momento. En un par de segundos, os ha venido a la cabeza alguna ya, seguro.

La mejor forma de explicarlo es poniendo un ejemplo.

Hace unos pocos meses, salió a la luz un grupo de unos cuantos chicos que, aunque ya se había formado antes, se hizo famoso gracias a la escalada de uno de sus singles hasta los primeros puestos de las listas. Su música se basa en la voz suave y aguda de su cantante principal, acompañada siempre por el rasgueo de una guitarra. Bien, hasta ahora, podría enunciar una centena de grupos que encajarían con esta descripción. Sin embargo, el nombre ya da una pista de lo que nos vamos a encontrar en las canciones: "Maldita Nerea."
Me da igual lo que haya hecho Nerea, utilizar el nombre de tu grupo para insultarla es una falta de respeto muy grande.
Pero bueno, pasando ya a sus trabajos: he de confesar que, en un principio, yo mismo me interesé por ellos. Sin embargo, me bastó con escuchar con atención la letra de su canción "Cosas que suenan a..." para desentenderme por completo. Aquí adjunto un fragmento de ella:

Yo nado en mares pequeños
Y que todo salga bien
Que si son grandes me pierdo
Y luego nunca se volver
Veras, a mi ya no me van las pelis de miedo
Los ojos tristes, las miradas
Que van a parar al suelo
No vuelo en círculos cerrados
Que no, que luego siempre se repiten
Mejor en mares pequeños
Donde el frio no te vea
Donde ya no llega el sueño
Y prometí portarme bien
Veras a mi lo que me va es contarte primero
Que yo soy todo lo que piden
Las princesas que yo quiero
Si llueven pájaros mojados
Tu y yo no iremos nunca donde dicen
Por si acaso no recuerdas mis abrazos
Yo te dejo mi canción
Guarda ese miedo que lo vela todo y solo se queda
Solo se queda
Diciendo cosas que siempre suenan a triste
Cosas que suenan a olvidar
Todo ese ruido que el maldito invierno
Nunca se lleva

Bonita, ¿eh? Perfectamente entendible, ¿no? Analicémosla detenidamente:
Comienza hablando de que él se pierde en los mares grandes. Bien. Viendo la inteligencia que demuestras, para tí será mejor quedarte con el cubito y la pala en la orilla. Sí, lo sé, puede tratarse de una metáfora, que tenga un doble sentido, pero por más que lo intento, no consigo descubrir cuál es. No sé, podría referirse a que siempre juega sobre seguro, que nunca arriesga para no fallar, vale. Pero también se puede interpretar como que nunca cena fuerte para no dormir mal, ¿no?
Bueno, saltándonos el par de gilipolleces que dice sobre las pelis de miedo y esas cosas, llegamos a la parte en la que nos informa de que no vuela en círculos cerrados, que luego se repiten. Otra prueba de su limitada capacidad mental. Vale, chaval, suponiendo que puedas llegar a volar, está bien que no lo hagas en círculos cerrados, básicamente porque es una pérdida de tiempo y tal. Pero luego vuelves a decir eso de los mares pequeños. ¿En qué quedamos? ¿Eres un pez que vuela, un pájaro que nada, o, simplemente, un artista pésimo? Aquí ya no me digáis eso de la metáfora, porque, a no ser que siga hablando de la cena, es imposible encontrar otro sentido. Obviamente, si "vuelas" en círculos cerrados después de meterte el solomillo, te va a repetir seguro. No sé vosotros, pero yo de momento no sigo muy bien el argumento.
Un poco más adelante, el cantante advierte que, si llueven pájaros mojados, "ellos" nunca irán a donde dicen. ¿Qué coño te fumaste aquí, macho? Lo has conseguido, ya ni puedo relacionarlo con lo de la cena.

En fin, podría seguir criticando, pero todo ha quedado suficientemente claro. Por eso, un servidor prefiere la música en inglés. Sí, dicen las mismas gilipolleces, pero más disimuladas por el idioma y eso. Ninguno de nosotros escucharía una canción española que dijera "Nosotros te daremos caña", pero quién no conoce "We will rock you", de Queen.

En fin, acabo deseándoos buena suerte este año. Espero que no os suponga mucho esfuerzo soportar, como dice la canción de arriba, "todo ese ruido que el maldito invierno nunca se lleva."

25 de julio de 2010

cosas que odio cariñosamente


Todo el que me conoce puede afirmar, sin miedo a equivocarse, que yo soy una persona risueña, feliz, optimista, que disfruta de la vida y que nunca, nunca, se queja de nada o de nadie. Intento que la máxima que rija mi vida sea, simplemente, aceptar ésta tal y como es. Sin embargo, todos tenemos nuestros momentos de debilidad, un lapsus momentáneo en el que te cagas en todo lo que se menea, antes de volver a la alegre normalidad. Por muy perfecta que sea la vida, hay que reconocer que hay pequeños, digamos, tumores en ella, que convendría erradicar cuanto antes, y así poder seguir disfrutando.
El aburrimiento veraniego me ha dotado del tiempo necesario para elaborar una simple y modesta lista de los que, en mi opinión, son estos tumores:

1. La gente que se cree "flamenquilla" por emitir un par de berridos acompañados de unas palmas del todo arrítmicas. Me saca de quicio, no lo soporto. Si no has nacido para cantar, ni lo intentes, por el bien de todos. Decir un par de "oles" al final de cada estrofa y hacer esa cosa rara con los dedos, como tocando castañuelas invisibles, no hace más que empeorar tu ya muy desmejorada imagen. Ah, sí: "Fondo Flamenco" está muy en el Fondo del Flamenco. No lo escuches.

2. Los abre-fáciles. LOS COJONES. Si fuera tan fácil no me tiraría diez minutos mordiendo un cacho de plástico, en busca de una pequeña fisura por donde exprimir el ketchup. Sí, tampoco es que yo sea muy hábil, pero joder, si quieres que sea fácil, ponle una maldita cremallera al sobre. Aceptadlo, nadie hace caso a esas líneas discontinuas que marcan por donde abrirlo. Al final lo que cuenta es quién tiene unos paletos lo suficientemente potentes como para rajar el envoltorio por el primer sitio que encuentre.

3. Las cazadas, nombre común que se le da a esas fotos que se hacen sin avisar a la víctima. A ver, aspirante a deficiente del año, cariñosamente llamado "el niño de la camarita", ¿Acaso te crees gracioso por jugar con el flash en las narices de la gente? Sí, te aburres, pero yo no tengo la culpa, y, para serte sincero, me da pereza levantarme para darte una ostia y, de paso, borrar las quinientas fotos de mí bostezando o con cara de empanado. Así que es mucho más sencillo para los dos que te estés quietecito, ¿estamos?

4. Los violines. Sí, lo siento, sé que, siendo músico, debería asombrarme la elegancia de este instrumento y la maestría de el que lo toca (y en muy contadas ocasiones lo hace), pero es que suena a gato atropellado. Reconocedlo, vamos. A mí no me engañais con esas caras fingidas de éxtasis y admiración suprema cuando lo escucháis, el temblor histérico de vuestros párpados es un claro síntoma de que desearíais estar muertos antes de soportar eso. La clave, y recordad esto, está en los tapones de cera.
5. Las señoras octogenarias que insisten tozudamente en no ceder su sitio a un inocente niño de siete años en la cabalgata de los Reyes Magos. Por desgracia, en esto tengo experiencia, y puedo asegurar que no es nada bonito meter las manos entre las piernas de una vieja antipática, apretando la cara contra su culo, para ser capaz de llegar a los caramelos. ¿Cómo voy a conseguir que Baltasar se fije en mí y me adopte como paje real si tengo delante a la doble de Carmen Sevilla? ¡Así no hay quien se publicite, hombre!

6. El roce de la ropa contra la espalda quemada por el sol. Es que no hay cosa más desesperante y dolorosa. Puedes volverte loco, no es coña. Yo llegué a pensar que me había equivocado, que me había puesto la camiseta de papel de lija en vez de la de algodón. Para qué esconderlo, no me hace ilusión parecerme al cangrejo de La Sirenita. Ah, y dejemos ya de tragarnos el mito ese de que el rojo se convierte en moreno, os puedo asegurar que no.

7. Que me pregunten "¿Has visto alguna vez ese capítulo de Friends en el que...?". A ver, si no me conoces, puedo hacer un esfuerzo para no matarte, pero basta con que haya hablado dos minutos con alguien para que se dé cuenta de que mi vida gira en torno a esa serie. Claro que he visto el capítulo, imbécil del culo, ¿o es que las diez temporadas en Dvd sobre mi estantería no son una prueba lo suficientemente concluyente para tí?

8. Notar de reojo que alguien te está mirando. A todos nos cuesta encontrar algo de entretenimiento en el metro, pero tampoco te lo vas a pasar genial mirándome, ¿no? Sonará algo egocéntrico, pero estoy harto de apartar la mirada del libro y encontrarme veinte pares de ojos. Sí, lo sé, soy raro por leerme un tochazo en pleno verano en el metro a las diez de la mañana, pero más raro es lo que haces tú. Tonto.

9. Flipy. Sí, Flipy. No soporto la vergüenza ajena que me provoca su sección. ¡Qué buenísima idea, traer a grandes estrellas del cine a tu programa para colocarles una bata, unas gafas y enseñarles cómo chafas de nuevo tu amago de experimento! ¿Una entrevista seria? ¡Vaya chorrada! Por favor, si se nota que no sabes ni lo que dices cuando hablas del "cianuro potásico atomizado". Y para colmo, haces una película, un gran éxito, por cierto. A tu madre le habrá encantado. Da gracias que tus gafas no tienen cristales, te libras de que te los rompa de un ostión.

10. Los típicos grupos pop-rock para adolescentes histéricas. ¿Es que nadie se da cuenta? Siempre hay un malote, un chulo, uno callado y uno teñido de rubio. Y con eso vale, ya lo tienes todo hecho, las tías se pelearán por coleccionar cada escupitajo que lances. Puaj. Y hay decenas de grupos así, ¿eh? A primera vista, te puedo decir McFly, Son of Dork, All Time low, Blink 182, Busted, Simple Plan... Para mí que todos son el mismo.

11. Que nadie me diga que soy "mono", ¿vale? Lo dejo claro por aquí, ya que me doy cuenta de que gritarlo en medio de la calle está mal visto. Sí, aparento menos años de los que tengo, pero creo que a cinco no llego, ¿no? Si eso, os dejo llamarme "pivón" o "cacho de hombre" o "Dios", si es que eso os hace feliz. Por vosotras lo que haga falta. Pero de "mono", nada.

12. Las señoras que se sientan después de cenar a ver el "Sálvame Deluxe" para criticarlo. A ver, así no vais a engañar a nadie, si tanto lo aborreces es tan fácil como estirar el dedo y pulsar un botón del mando. Si no quieres, por lo menos ahórrate esos resoplidos de indignación cada vez que Jorge Javier mencione el pene de algún famosillo, cada vez que Carmele quiera cantar, o cada vez que Belén Esteban.. hable.

13. Darme cuenta de que el mayordomo tiene su día libre justo cuando me apetece una sesión de masaje tailandés. En serio, es lo peor de todo, seguro que vosotros tampoco lo soportáis. Y claro, ni el cocinero ni el chófer saben la técnica oriental, así que no vale con pedírselo a ellos. Por suerte, basta con contratar dos o tres criados de repuesto, y todo arreglado. Aún así, todavía tengo alguna pesadilla con el dichoso tema como protagonista.

Y bueno, creo que eso es todo, aunque se me ocurrirán cincuenta más en cuanto deje de escribir. Desde aquí os animo a que configuréis vosotros mismos vuestras propias listas, y todos podremos contribuir a hacer de éste un mundo más feliz. Si no tenéis mucha idea de qué poner en esta lista, pues no sé, podéis pensar, por ejemplo, en Jorge Lorenzo, los pokeros, George Bush, Jack Black, el pescado, Antonio Resines, el reguetón, Maradona, los perros que parecen ratas, las ratas que parecen perros, Florentino Pérez, los abdominales femeninos, el ciclismo, las pelis cutres de Antena 3 del fin de semana, Crepúsculo, Los Protegidos, Lewis Hamilton, los libros estilo "Perdona si te llamo amor", el guión de las pelis porno, el final de "Perdidos", los últimos trabajos de Disney, o el Barça. Pero vamos, eso son solo mis propuestas, ya tendréis vosotros las vuestras.
En fin, hasta la próxima.

20 de julio de 2010

Tuentiadicto


Pues de esto que vas un día tan tranquilo y te encuentras dos peticiones de amistad en esta cosa llamada Tuenti. En color azul, dos nombres que no reconozco de nada. La lista de amigos comunes, vacía. En la petición, un mensaje estándar del tipo "Hola, jejeje, qe tal?", mismo modelo en ambas. Lo primero, claro está, estudiar minuciosamente sus fotos principales, en busca de imperfecciones físicas (normalmente, me fijaría antes en su belleza interior, pero en las redes sociales ese campo está todavía poco desarrollado). Lo segundo, echarle un rápido vistazo a los mensajes publicados por sus amigos en su perfil, en busca de un exceso de haches intercaladas, emoticonos, o frases que son una magnífica obra de arte abstracto, pero que no las lee ni su padre. (tomando como ejemplo "MiH PeeQéNiaa RuuBiiTAh, Tee AMiiShieeLoH dee CooRaaSóoOn' ]*" Duele, lo sé.) Y en tercer lugar, mirar de reojo el resto de sus fotos, esto ya por pura curiosidad, porque descartados los otros dos planos, algo muy malo tiene que pasar para que no obtengan tu aprobación.
Ah, y es entonces cuando te percatas de que en más de la mitad de sus fotos aparecen sujetos como Justin Bieber, ese grandísimo cantante tan injustamente tratado, y Zac Efron, ese... ese. (Lo siento, con este último ni el sarcasmo me sale).
Ah, y es entonces cuando emites un gran "pues que te folle un pez" y le das el botón de ignorar la petición de amistad.

Así es el mundo de las redes sociales. Un fantástico y emocionante lugar donde la amistad (o el odio) puede nacer de algo tan simple como el supuesto parecido entre tu pelo y el de alguna pseudoestrella del panorama pseudomusical.



A todo el que no tenga cuenta abierta en ninguna red social, siempre que no esté ocupado con su colección de pestañas y le llegue el wifi a su cueva en el culo del mundo para que lea esta entrada, le avisaré de que éste mundo del que hablamos también puede ser un mundo desesperante. Por nombrar cualquier defecto, podría centrarme en la continua afluencia de invitaciones para que te unas a eventos y páginas, muchas de las cuales promocionan premisas algo extrañas. A ver, vamos a dejarlo claro: no, no quiero cambiar de color mi Tuenti, aunque entiendo que ver de repente tus mensajes con el color rosa chillón de fondo puede ser una experiencia fascinante.

Así en general, digamos que estas redes son el opuesto completo a la privacidad. Olvídate de mantener una conversación trascendente (por lo menos algo más trascendente que MiH PeeQéNiaa RuuBiiTAh etcétera) sin que nadie se entere, y prepárate tú para enterarte, voluntariamente o no, de todas las cosas que hagan tus "amigos", o esa lista de personas con las que tan solo has hablado una vez, para preguntarles si tenían Tuenti. Esto no me molesta, considerando que los datos privados de muchos de mis amigos se basan en que han batido el récord en no se qué juego en el que sólo participan ellos.

El nombre de red social es muy acertado, desde luego. Porque engancharte, engancha lo suyo. Y a ver luego cómo sales. En estos casos no sirve el consejo de Buscando a Nemo, "decirle a todos los peces que naden hacia abajo", más que nada, porque a los que estamos enganchados no nos queda más por nadar, estamos bien hundidos en el fondo. Y lo peor, lo digo por experiencia, es no ser capaz de dejarlo ni siquiera en verano, cuando casi todo el mundo se ha ido fuera y yo estoy aquí chateando con los pocos que consiguen internet allí donde van. (así que es comprensible que llegue a mantener conversaciones de 450 mensajes). En serio, a ver si se me quita la gilipollez de darle a "Inicio" cada cinco segundos. No sé que se me pasará por la cabeza, a lo mejor, por casualidades de la vida, en esos cinco segundos todo el mundo se ha conectado a la vez y tengo setecientos comentarios por contestar. O, a lo mejor, no, y me resigno a esperar otros cinco segundos.
Así es la vida de un tuentiadicto, qué se le va a hacer.



16 de julio de 2010

Hasta el infinito


Así es, ayer mismo tuve el honor de asistir al preestreno de la película que muchos de nosotros deseábamos ver desde hace mucho tiempo: Toy Story 3, el último episodio de la saga.

No sé a vosotros, pero a mí esta historia me ha influenciado muchísimo. Vamos, ¿quién no ha echado nunca un último vistazo a través de las pestañas a su habitación, desde la cama, esperando ver a algún juguete saltar de la estantería? ¿Quién no ha hablado con su peluche y se ha imaginado que éste le escuchaba y le entendía perfectamente? ¿Quién no ha emulado a Andy, el (demasiado) risueño
niño del film, y ha organizado una lucha épica de muñecos en el suelo de su cuarto? Yo sí, y menudas las que he montado. Si mi conejo de peluche tuviera vida, estaría traumatizado de tantas luchas contra Son Goku.

En fin que, a raíz de esto, os podéis imaginar con qué ilusión aparecí ayer en la cola del cine Imax, uniéndome a las decenas de niños que saltaban a mi alrededor, gritando esa frase que todos conocemos, con los brazos extendidos como si volaran, y emitiendo extraños sonidos con la boca, como de disparos. Me costó no unirme a ellos, lo confieso. Aprovecho para avisaros: quien tenga pensado ir a verla, que se prepare para las insoportables oleadas de nostalgia que le abordarán desde el primer momento en el que pise la sala. En serio.

Una vez puntualizado esto, paso a la película en sí (no comentaré el corto de antes, porque, sinceramente, no se qué comentar. Raro de cojones.) El comienzo, muy directo y sin introducción alguna no podría ser más redondo, con una escena tan absurda como divertida. Después, se suceden una serie de escenas confusas, por lo menos en cuanto a la reacción del público. Así, lo que hace reír a los niños de cuatro años presentes en la sala, a mí me arranca un sonoro y apenado “ooooh” (por ejemplo, la estrategia inicial de los juguetes con el teléfono móvil, o la aparición de Buster, el perro hiperactivo de la anterior peli).


Ya dentro del nudo, destaco dos cosas, seguramente las que hacen que esta película sea tan genial. Por un lado, la sobresaliente secuencia en plan “La Gran Evasión”, sobretodo el momento “Señor Tortita”. (Sé que no entendéis una mierda, pero esperad a verlo). Y por otro, la conversión de Buzz Lightyear al modo hispano, o, llamémosle, modo telenovela. Nadie en la sala se rió más alto que yo al ver como intentaba seducir a Jessie bailando una especie de pseudo flamenco (ya podrían haberse documentado mejor). Hay que reconocerle a Pixar la virtud (entre otras muchas) de calcar las expresiones faciales; saben exactamente cómo debe mover cada músculo de la cara su personaje para causarte una carcajada.

Y, por encima de todo y de todos, el nuevo personaje de Ken, pijo como él solo (“aquí nadie valora la ropa”), con su casa de ensueño y sus frases profundas estilo Crepúsculo. Y junto a él, miles de pequeños detalles, juguetes inocentes que todos conocemos y que cobran vida para convertirse en todo lo contrario, como el Nenuco diabólico o el desternillante mono de los platillos.

Tras la emocionante escena del vertedero, increíble y épica, pasamos al epílogo, momento en el que se abandona el humor para despedir, uno por uno, a cada personaje, momento en el que te das cuenta de que no les volverás a ver. Y, de repente, te sientes completamente identificado con ese Andy de diecisiete años que se resiste a dejar atrás su infancia.

¿Me falta algo? ¡Ah, sí! Que sepáis que las palomitas adelgazan y que las gafas 3D siguen siendo la misma mierda que eran hace unos años.

Pido perdón por una entrada tan extraña, pero es que no os hacéis a la idea de cuánto me gustó, y no se me da bien escribir sobre las cosas que me gustan. Admitámoslo, es mucho más fácil meterse irónicamente con algo que alabarlo.

Poco más. Os recomiendo que la vayáis a ver en cuanto salga, no lo lamentaréis. Aunque parecía imposible, Pixar se ha vuelto a superar.

Nothin' on you - B.o.b. y Bruno Mars.

12 de julio de 2010

La familia es lo más importante


Muy buenas tardes. Ante todo, debo pediros disculpas por mi tardanza en actualizar, pero todos sabemos que este fin de semana ha estado movidito, así que no he podido escribir en ningún momento. No voy a hacer ninguna entrada del mundial, porque ya hice una y porque se repite a diario en todos los medios y estoy más que seguro que lo tendréis muy masticado. Asimismo, evitaré comentar cualquier aspecto futbolístico durante la entrada. Será difícil, no prometo nada. He elegido un tema muy distinto, basándome en mi experiencia de este fin de semana (exceptuando la parte correspondiente al domingo, de 20:30 a 23:00 de la noche... Noooo, Guille, que no vas a hablar de eso, contrólate). Así que, sin más, voy a ello.

Seguro que cada uno de nosotros pensamos que nuestra familia es especial, algo fuera de lo común. Yo, por lo menos, sí que lo pienso, y me alegra decir que tengo suficientes motivos para ¿presumir? de la, digamos, excentricidad de mis parientes. No voy a ir uno por uno describiéndoles (porque si no, necesitaría varias entradas, no somos precisamente pocos) sino que me voy a centrar en uno de los aspectos más característicos, las reuniones familiares. Las mías llegan a ser tan disparatadas que parece que un grupo de guionistas fumados está detrás de los diálogos. Y es que, por si no fuera poco, estas reuniones se repiten, al menos, dos o tres veces por mes, entendiendo como “reunión” la asistencia a un mismo lugar de más del 70% de los integrantes de la familia. Así, estos encuentros resultan ser un infinito cruce de reproches, chistes con o sin gracia, comentarios impregnados de un sarcasmo más que evidente (que, sin embargo, son repetidos hasta la saciedad, ante la poca habilidad de su destinatario para pillar los dobles sentidos), risas estridentes y contagiosas, cánticos que acaban en un tímido murmullo al comprobar que nadie los sigue, brindis sin sentido producto del alcohol… Este alboroto tan solo se detiene cuando alguien es capaz de reunir las fuerzas suficientes para implorar entre gritos que “por favor, que os calléis, coñe, que no entiendo nada”. Y a veces, ni eso sirve.

En muchas ocasiones, curiosamente, estas reuniones se celebran con el fútbol como principal motivo (mierda, ya lo tuve que nombrar), si bien, al terminar las mismas, el deporte tan solo está presente en la tele encendida de fondo, sin nadie sentado frente a ella. Resumiendo mucho, podemos decir que estas tardes futboleras se componen de varios elementos a tener en cuenta:

1. El experto, miembro de la familia que conoce los entresijos de cada jugada y que iba para entrenador del Real Madrid. Es capaz de decirte el número exacto de escupitajos que debe proyectar un jugador para conseguir el equilibrio corporal adecuado para sacar un córner.

2. El aburrido. Se dedica a pulular por el salón sentándose y levantándose continuamente, opinando sobre lo feo que es el entrenador del equipo contrario, o bien comentando sarcásticamente lo bien que juega un jugador que ni siquiera está convocado al partido. Es aconsejable ignorarle.

3. El "Maldini". Conoce el álbum de cromos de la temporada 1956-1957 de Armenia, pero no te sabe decir si un equipo está jugando bien o mal. En todo caso, puede recurrir a comentarios obvios del estilo "ahora vendría bien un gol".

4. El desinformado, que intenta no aparentar serlo, aunque no siempre lo consigue. Suele hablar cada cinco segundos, en vez de ser listo y callarse. No os extrañéis si anima a Pau Gasol.

5. El agobiado. Mantiene la mirada fija en la pantalla, sin parpadear, en silencio, pero cuidado, porque sin previo aviso, puede soltar un "mecagoenlaputa" de cinco mil megaherzios. Más te vale no estar delante si el equipo contrario mete un gol. Si el que lo mete es su equipo... también apártate, su abrazo te podría matar.

6. El "mecreoquesoytransparente". Como su propio nombre indica, se trata de una persona que no ve ningún problema en colocarse delante de la pantalla, incluso durante un penalty. Total, "solo es un partido de fútbol". No se lo echéis en cara, puede indignarse, la bronca se alargará y nunca se quitará de en medio. Hacedme caso.

7. La abuela. Por lo menos en mi caso, permanece callada estudiando cuidadosamente cada movimiento de los jugadores, y tan solo interrumpe para preguntar que "quién es ese del moño que sale ahora". Atención a sus facultades: si dice gol, es gol, no importa si estás viendo un partido de baloncesto. Aprovéchalo: pon dos cajas con dentaduras postizas y el escudo de cada equipo pegado en ellas, y a ver cuál coje. Toma ya, Paul.

Por supuesto, existen muchas más variantes, pero ya me ha salido suficientemente larga la entrada. Mira tú, es que aunque me haya propuesto no hacerlo, me he ido al fútbol otra vez. Es inevitable, somos CAMPEONES. Vale, ya lo dejo. Un saludo y hasta la próxima.

All Over It - Jamie Cullum.

8 de julio de 2010

¿Podemos?







Es curioso ver cómo cuarenta y siete millones de personas, todas diferentes, cada uno con los atributos que nos hacen especiales, cada uno con nuestras virtudes y SUS defectos, cada uno con nuestras obsesiones maníacas, nuestra paranoia permanente y nuestra continua agresividad hacia el resto de las personas (ah, cómo, ¿solo yo?) nos lleguemos a sentir parte de un mismo país, cosa que rara vez ocurre, por un simple partido de fútbol. Noventa minutos de mierda a miles de kilómetros de nuestra, por lo visto, querida nación. Y con eso parece que sirve. Que tomen nota los políticos; ¿cómo salir ganando en las encuestas? Pon a veintidós tíos corriendo detrás de una bola en el culo del mundo y ya lo tienes. Fácil, ¿verdad?

A pesar de la marcada ironía con la que he empezado (supongo que ya estaréis acostumbrados, aunque solo lleve tres entradas), tengo que reconocer que, por suerte o por desgracia, formo parte de esos cuarenta y siete millones de personas que ayer estuvieron al borde del infarto, sentados junto a la tele, gritándole a la pantalla como si así consiguieran comunicarse con los jugadores. La verdad es que ahora me doy cuenta, y perdonad que suene como mi madre por unos segundos: el fútbol nos vuelve gilipollas. Especialmente gilipollas cuando ganamos, como ayer. Si no es así, explicadme cómo cojones llegó un servidor a meter su cabeza bajo la manguera de agua helada nada más acabar. Que alguien me diga cómo llegó esa serie de vocablos sucesivos en mayúsculas y con escaso sentido a mi estado del Tuenti (cito textualmente: "JODERMECAGOENLAPUTAOSTIAVIVAESPAÑACOÑO").
Lo dicho. Gilipollas perdido.

Metiéndome ya de lleno en el tema, la verdad es que me sorprende que la gente se muestre tan expresiva a la hora de celebrar la victoria. Perdonad que me haya explicado tan mal, pero seguro que sabéis de qué hablo. Esa escena, que tantas veces se ha repetido, de ir andando por una calle cualquiera y que se te acerque un gordo sudoroso con una bandera como única vestimenta a gritarte al oído que "somos los mejores", "podemos, coño, podemos" y "lololololololo" (sílaba muy popular en el cancionero español). Esa escena que, de no ser por el contexto, formaría parte de mis pesadillas cada noche (acompañando a Ronald Mcdonald).

También nos volvemos todos muy patriotas, sentimos repentino amor por nuestro país, pero, ¿qué significa realmente el patriotismo? ¿Basta con agitar una bandera como un poseso por la calle, o además hay que torear a los coches con ella? ¿Para ser patriota, es estrictamente obligatorio ensordecer a medio Madrid con el claxon a las dos de la madrugada? ¿Se puede pasar por alto la incómoda parte de acosar a los guiris que se atreven a pasear porla castellana en fechas así?
No sé en el vuestro, pero en mi caso, el patriotismo implica mucho más. Ser patriota significa insultar como un poseso a Pedro por ser tan soberanamente chupón (estoy hablando de fútbol). Significa hacer un corte de mangas cada vez que aparezca en pantalla el repelente entrenador de Alemania y su apestoso jersey azul, y poner la televisión alemana al finalizar el partido para regocijarse en las lágrimas de los comentaristas. Significa odiar a Maradona y venerar a Paul el Pulpo por darnos la esperanza que necesitábamos. Significa amar la bandera española pero no dudar en usarla para limpiar la cocacola derramada por toda la mesa. Eso es ser patriota, ser español.

Acabaré con una de las frases pronunciadas por Berto Romero en el programa de ayer de Buenafuente, una frase que, en mi opinión, refleja a la perfección el espíritu de la roja (no sé de qué manera, se trata de una frase demasiado alegórica). Dice así:
"Tengo la suficiente flexibilidad como para colocar ambas piernas tras la nuca, echar mis codos hacia atrás, girar mi cuello ciento ochenta grados, introducir la cabeza en el recto y dar varias volteretas en esta postura, pero me lo reservo, porque el día que lo haga moriré."
Os dejo así, pensativos. Hasta pronto.

6 de julio de 2010

Tic Tac


Hoy, en el transcurso de mi divertido día (divertido en el sentido más irónico posible), he descubierto una cosa. Puede que no os lo creáis y la verdad es que yo tampoco, pero es que no le encuentro otra explicación: controlo el tiempo.
Borrad esa estúpida sonrisa escéptica de la cara y esperad a que os lo explique. Después os podéis reir a gusto si queréis.

No sé si decir que controlo el tiempo es lo más adecuado (bien empiezo; no hay mejor manera de defender una idea que desautorizándola nada más comenzar), primero porque me faltan días de entrenamiento hasta lograr dominar tan increíble don y, segundo, porque sé que no dudaréis en pedirme inmediatamente que lo utilice a vuestro favor. Antes de que me lluevan los comentarios ofreciéndome dinero, favores y jamones de pata negra a cambio de mi ayuda, dejádme que os diga que mi poder puede resultar muy peligroso, casi tanto como gritar "¡Bomba!" en el aeropuerto de Nueva York, o como comenzar una discusión para determinar qué artista es mejor, si Miley Cyrus o Falete. Por ahora, es este poder el que me domina a mí, y no al revés.

Hoy mismo, sin ir más lejos, en mi clase de inglés matinal en una academia (sí, lo sé),
cada vez que miraba el reloj de mi muñeca habían pasado apenas treinta simples e insignificantes segundos, un minuto a lo sumo. El tiempo se ha ralentizado de tal manera que podía ver perfectamente la saliva del profesor borboteando entre sus labios, fluyendo y salpicando a cámara lenta en cada "s", lo juro. Y claro, cuando esto pasa resulta inútil tratar de enterarse de algo, debido a que, como todos sabemos, a cámara lenta la voz se distorsiona. Así que, espero que me entendáis, no me ha quedado más remedio que dejar de escuchar (muy a mi pesar) y buscar alguna distracción en los múltiples cuadros que cuelgan de las paredes, algunos con mensajes tan profundos como "Experience is the best teacher" o alguna otra memez por el estilo.

En fin, seguro que pensáis que esta ralentización se debe al efecto del aburrimiento extremo. Nada más lejos de la verdad, estaba pasando un gran rato hasta aquel inevitable desajuste temporal. La prueba definitiva es que, esta misma tarde, incluso mientras estoy escribiendo esto, la aguja de las horas del reloj se mueve a la velocidad de la de los minutos, y la de los minutos a la velocidad de la de los segundos. Ni siquiera distingo a la aguja de los segundos de lo rápido que se mueve. Y yo no puedo hacer otra cosa, aparte de acurrucarme en mi sofá alzando las manos y pronunciando a gritos todo tipo de conjuros para detener este desconcertante pasar del tiempo. En serio, es como si alguien le hubiera dado al botón de rebobinar p'alante del video (¿como cojones se llama ese botón?) y éste se hubiera quedado atascado.

En fin, debería parar de escribir. Mis padres están mirándome asustados desde la entrada del salón (como si se extrañaran de que su hijo grite palabras inconexas para detener el tiempo. Qué ignorante se puede llegar a ser).
Sé que tarde o temprano acabaré por domar mi poder. Hasta entonces, tendré que asumir que en mi vida van a continuar sucediéndose estos cambios. Y, como dijo aquel gran filósofo al que todos conocemos, "Un gran poder conlleva una gran responsabilidad".


Mañana más pero no mejor, es imposible.